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martes

COMO FUNCIONA EL MUNDO


Aunque los relatos siempre serán una parte esencial de la cultura humana, incluso en ciencia (y la vida sería mucho más pobre sin ellos), la ciencia moderna ha reemplazado en la actualidad muchos de los mitos antiguos y de las creencias supersticiosas asociadas a ellos. Un buen ejemplo de la desmitificación que han experimentado las estrategias para comprender el mundo lo ofrecen los mitos de la creación. Desde los albores de la historia, la humanidad ha inventado relatos sobre los orígenes del mundo, así como deidades instrumentales para su creación, desde el dios sumerio Anu, señor de los cielos, hasta los mitos griegos de Gaia, creada a partir del Caos, y los mitos del Génesis de las religiones abrahámicas, aún hoy consideradas verdades literales en numerosas sociedades del mundo. 

A muchas personas no científicas les podrá parecer que las teorías cosmológicas modernas sobre los orígenes del universo no son de por sí mejores que los mitos religiosos a los que sustituyen (y si consideramos algunas de las ideas más especulativas de la física teórica actual, puede que usted mismo opine que quienes piensan así tienen algo de razón). Pero a partir del análisis racional y de una observación cuidadosa (un proceso concienzudo de comprobación y acumulación de pruebas científicas, en lugar de la aceptación de historias y explicaciones con una fe ciega) podemos armar ahora con bastante convencimiento que sabemos mucho sobre el universo. 

También podemos decir con seguridad que los misterios que quedan no tienen por qué atribuirse a algo sobrenatural. Son fenómenos que aún no comprendemos y que esperamos entender algún día a través de la razón, el estudio racional y, sí…, la física.

Al contrario de lo que defenderán algunas personas, el método científico no es tan solo una forma más de contemplar el mundo, ni tampoco es otra ideología cultural o un sistema de creencias. Es el procedimiento que nos permite conocer la naturaleza por ensayo y error, a través de la experimentación y la observación, a partir de una postura abierta a reemplazar ideas que se revelan erróneas o incompletas por otras mejores, y mediante el reconocimiento de patrones en la naturaleza y de belleza en las ecuaciones matemáticas que describen esos patrones. A lo largo de todo ese proceso profundizamos en el conocimiento existente y nos acercamos más a esa «verdad», a la forma en que es el mundo realmente

domingo

LA ARMONIA DE LOS MUNDOS


Las constelaciones no son, por supuesto, una realidad del cielo nocturno; las ponemos allí nosotros mismos. Cuando éramos un pueblo cazador veíamos cazadores y perros, osos y mujeres jóvenes, las cosas que podían interesamos. Cuando en el siglo diecisiete, los navegantes europeos vieron por primera vez los mares del Sur, pusieron en el cielo objetos de interés para el propio siglo diecisiete: tucanes y pavos reales, telescopios y microscopios, compases y la popa de los barcos. Si las constelaciones hubieran recibido su nombre en el siglo veinte, supongo que en el cielo veríamos bicicletas y neveras, estrellas del rock and roll, o incluso nubes atómicas; un nuevo repertorio, con las esperanzas y los temores del hombre, colocado entre las estrellas. De vez en cuando nuestros antepasados venían una estrella muy brillante con una cola, vislumbrada sólo un momento, precipitándose a través del cielo. La llamaron estrella fugaz, pero el nombre no es adecuado: las estrellas de siempre continúan allí después del paso de las estrellas fugaces. En algunas estaciones hay muchas estrellas fugaces, mientras que en otras hay muy Pocas. También aquí hay una especie de regularidad. Las estrellas salen siempre por el este y se ocultan por el oeste, como el Sol y la Luna; y si pasan por encima nuestro, tardan toda la noche en cruzar el cielo. Hay diferentes constelaciones en las diferentes estaciones. Por ejemplo, al comienzo del otoño aparecen siempre las mismas constelaciones. No sucede nunca que de pronto aparezca una nueva constelación por el este. Hay un orden, una predicibilidad, una permanencia en lo referente a las estrellas. Se comportan de un modo casi tranquilizador. Algunas estrellas salen justo antes que el Sol, o se ponen justo después que él, y en momentos y posiciones que dependen de la estación. Si uno realiza detenidas observaciones de las estrellas y las registra durante muchos años, puede llegar a predecir las estaciones. También puede calcular la duración de un año anotando el punto del horizonte por donde sale el Sol cada día. En los cielos había un gran calendario a disposición de quien tuviera dedicación, habilidad y medios para registrar los datos. ,58 - Nuestros antepasados construyeron observatorios para medir el paso de las estaciones. En el Cañón del Chaco, en Nuevo México, hay un gran kiva ceremonial, o templo sin tejado', que data del siglo once. El 21 de junio, el día más largo del año, un rayo de luz solar entra al amanecer por una ventana y se mueve lentamente hasta que cubre un nicho especial. Pero esto sólo sucede alrededor del 21 de junio. Me imagino a los orgullosos anasazi, que se definían a sí mismos como Los Antiguos, reunidos en sus sítiales cada 21 de junio, ataviados con plumas, sonajeros y turquesas para celebrar el poder del Sol. También seguían el movimiento aparente de la Luna: los veintiocho nichos mayores en el kiva pueden representar el número de días que han de transcurrir para que la Luna vuelva a ocupar la misma posición entre las constelaciones. Los anasazi prestaban mucha atención al Sol, a la Luna y a las estrellas. Se han encontrado otros observatorios, basados en ideas semejantes, en Angkor Vat en Camboya, Stonehenge en Inglaterra, Abu Simbel en Egipto, Chichen Itzá en México; y en las grandes llanuras en Norteamérica. Algunos supuestos observatorios para la fijación del calendario es posible que se deban al azar y que, por ejemplo, la ventana y el nicho presenten el día 21 de junio una alineación accidental. Pero hay otros observatorios maravillosamente distintos. En un lugar del suroeste norteamericano hay un conjunto de tres losas verticales que fueron cambiadas de su posición original hace aproximadamente unos 1.000 años. En la roca ha sido esculpida una espiral, parecida en cierto modo a una galaxia. El día 21 de junio, primer día de verano, un haz de luz solar que entra por una abertura entre las losas bisecciona la espiral; y el día 21 de diciembre, primer día de invierno, hay dos haces de luz solar que flanquean la espiral. Se trata de un sistema único para leer el calendario en el cielo utilizando el sol de mediodía. ¿Por qué los pueblos de todo el mundo hicieron tales esfuerzos para aprender astronomía? Cazábamos gacelas, antílopes y búfales cuyas migraciones aumentaban o disminuían según las estaciones. Los frutos y las nueces podían recogerse en algunas temporadas, pero no en otras. Cuando inventamos la tuvimos que ir con cuidado para plantar y recolectar nuestras cosechas en la estación adecuada. Las reuniones anuales de tribus nómadas muy dispersas se fijaban para fechas concretas. La posibilidad de leer el calendario en los cielos era literalmente una cuestión de vida y muerte. Los pueblos de todo el mundo tomaban nota de la reaparición de la luna creciente después de la luna nueva, del regreso del Sol después de un eclipse total, de la salida del Sol al alba después de su fastidiosa ausencia nocturna: esos fenómenos sugerían a nuestros antepasados la posibilidad de sobrevivir a la muerte. En lo alto de los cielos había también una metáfora de la inmortalidad. El viento azota los cañones del suroeste norteamericano, y no hay nadie para oírlo, aparte de nosotros: un recordatorio de las 40.000 generaciones de hombres y mujeres pensantes que nos precedieron, acerca de los cuales apenas sabemos nada, y sobre los cuales está basada nuestra civilización. Pasaron las edades y los hombres fueron aprendiendo de sus antepasados. Cuanto más exacto era el conocimiento de la posición y de los movimientos del Sol, de la Luna y de las estrellas, con mayor seguridad podía predecirse la época para salir de caza, para sembrar y segar o para reunirse las tribus. Cuando mejoró la precisión de las mediciones, hubo que anotar los datos y de este modo la astronomía estimuló la observación, las matemáticas y el desarrollo de la escritura. Pero luego, mucho después, surgió otra idea bastante curiosa, una invasión de misticismo y de superstición en lo que había sido principalmente una ciencia empírica. El Sol y las estrellas controlaban las estaciones, los alimentos, el calor. La Luna controlaba las mareas, los ciclos de vida de muchos animales, y quizás el período menstrual 1 humano de central importancia para una especie apasionada, dedicada intensamente a tener hijos. Había otro tipo de cuerpos en el cielo, las estrellas errantes o vagabundas llamadas planetas. Nuestros antepasados nómadas debieron sentir cierta afinidad por los planetas. Podían verse solamente cinco planetas, sin contar el Sol y la Luna, que se movían sobre el fondo de las estrellas más distantes. Si se sigue su aparente movimiento durante varios meses, se les ve salir de una constelación y entrar en otra, y en ocasiones incluso describen lentamente una especie de rizo en el cielo. Si todos los demás cuerpos del cielo ejercían un efecto real sobre la vida humana, ¿qué influencia tendrían los planetas sobre nosotros? En la sociedad contemporánea occidental, es fácil comprar una revista de astrología, en un quiosco de periódicos por ejemplo; es mucho más difícil encontrar una de astronomía. Casi todos los periódicos norteamericanos publican una columna diaria sobre astrología, pero apenas hay alguno que publique un artículo sobre astronomía ni una vez a la semana. En los Estados Unidos hay diez veces más astrólogos que astrónomos. En las fiestas, a veces cuando me encuentro con personas que no saben que soy un científico, me preguntan: ¿Eres Géminis? (posibilidad de acertar: una entre doce). O: ¿De qué signo eres? Con mucha menos frecuencia me preguntan: ¿Estabas enterado de que el oro se crea en las explosiones de supernovas? O: ¿Cuándo crees que el Congreso aprobará el vehículo de exploración de Marte? La astrología mantiene que la constelación en la cual se hallan los planetas al nacer una persona influye profundamente en el futuro de ella. Hace unos miles de años se desarrolló la idea de que los movimientos de los planetas determinaban el destino de los reyes, de las dinastías y de los imperios. Los astrólogos estudiaban los movimientos de los planetas y se preguntaban qué había ocurrido la última vez en que, por ejemplo, Venus amanecía en la constelación de Aries; quizás ahora volvería a suceder algo semejante. Era una empresa delicada y arriesgada. Los astrólogos llegaron a ser empleados exclusivamente por el Estado. En muchos países era un grave delito leer los presagios del cielo si uno no era el astrólogo oficial: una buena manera de hundir un régimen era predecir su caída. En China los astrólogos de la corte que realizaban predicciones inexactas eran ejecutados. Otros apañaban simplemente los datos para que estuvieran siempre en perfecta conformidad con los acontecimientos. La astrología se desarrolló como una extraña combinación de observaciones, de matemáticas y de datos cuidadosamente registrados, acompañados de pensamientos confusos y de mentiras piadosas. Pero si los planetas podían determinar el destino de las naciones, ¿cómo podrían dejar de influir en lo que me pasará a mí mañana? La noción de una astrología personal se desarrolló en el Egipto alejandrino y se difundió por los mundos griego y romano hace aproximadamente 2.000 años. Hoy en día podemos reconocer la antigüedad de la astrología en palabras como desastre, que en griego significa mala estrella, influenza, gripe en inglés, que proviene del italiano y presupone una influencia astral; mazeltov, en hebreo proveniente a su vez del babilonio que significa constelación favorable, o la palabra yiddish shlamazel, referida a alguien a quien atormenta un destino implacable, y que también se encuentra en el léxico astrológico babilonio. Según Plinio, a algunos romanos se les consideraba sideratio, 64 afectados por los planetas. Se convirtió en opinión generalizada que los planetas eran causa directa de la muerte. O consideremos el verbo considerar que significa estar con los planetas lo cual era evidentemente un requisito previo para la reflexión seria. La figura de la página 51 muestra las estadísticas de mortalidad de la ciudad de Londres en 1632. Entre terribles pérdidas provocadas por enfermedades posnatales infantiles y por enfermedades exóticas como la rebelión de las luces y el mal del Rey nos encontramos con que, de 9.535 muertes, 13 personas sucumbían por el planeta, mayor número que los que morían de cáncer. Me pregunto cuáles eran los síntomas. Y la astrología personal está todavía entre nosotros: examinemos dos columnas de astrología publicadas en diferentes periódicos, en la misma ciudad y el mismo día. Por ejemplo podemos analizar el New York Post y el Daily News de Nueva York del 21 de septiembre de 1979. Supongamos que uno es Libra, es decir nacido entre el 23 de septiembre y el 22 de octubre. Según el astrólogo del Post, un compromiso le ayudará a aliviar la tensión; útil, quizás, pero algo vago. Según el astrólogo del Daily News, debes exigirte más a ti mismo, recomendación que también es vaga y al mismo tiempo diferente. Estas predicciones no son tales predicciones, son más bien consejos: dicen qué hacer, no qué pasará. Recurren deliberadamente a términos tan generales que pueden aplicarse a cualquiera. Y presentan importantes inconsecuencias comunes. ¿Por qué se publican sin más explicaciones, como si fueran resultados deportivos o cotizaciones de bolsa? La astrología puede ponerse a prueba aplicándola a la vida de los mellizos. Hay muchos casos en que uno de los mellizos muere en la infancia, en un accidente de coche, por ejemplo, o alcanzado por un rayo, mientras que el otro vive una próspera vejez. Cada uno nació exactamente en el mismo lugar y con minutos de diferencia el uno del otro. Los mismos planetas exactamente estaban saliendo en el momento de su nacimiento. ¿Cómo podrían dos mellizos tener destinos tan profundamente distintos? Además los astrólogos no pueden ni ponerse de acuerdo entre ellos sobre el significado de un horóscopo dado. Si se llevan a cabo pruebas cuidadosas, son incapaces de predecir el carácter y el futuro de personas de las que no conocen más que el lugar y la fecha de nacimiento.   CARL SAGAN

martes

LA ASTRONOMIA EN LA ANTIGÜEDAD-2

El Universo, para Aristóteles, lo formaba un conjunto de carcasas cristalinas concéntricas en las cuales estaban incrustados los planetas. Había exactamente 55 carcasas esféricas cristalinas que en un complicado movimiento, impulsado por las estrellas fijas, daban lugar a los movimientos aparentes de los planetas. Estas esferas tenían ejes diferentes, se movían uniformemente, pero con velocidades y sentidos diferentes. Así, por ejemplo, Marte tenía asignadas cuatro esferas. En la más interior se encontraba incrustado el planeta, otra daba lugar a su movimiento diario. Otra al movimiento anual y la última a las retrogradaciones. Este modelo no explicaba porqué los planetas brillan más cuando retrogradan. 

El sistema básico epiciclo- deferente 

Ptolomeo, un astrónomo de Alejandría que vivió en el siglo II d. De C., elaboró un modelo astronómico que perduró hasta Copérnico. Ptolomeo admitía de entrada que la Tierra era el centro inmóvil del Universo, que el cielo es esférico y gira, que todos los astros se mueven a velocidad uniforme y en movimientos circulares. Pero con estas suposiciones no era suficiente una sola circunferencia por planeta para explicar sus movimientos aparentes. Para explicar cuantitativamente los movimientos de los planetas era necesario complicar el sistema con epiciclos sobre epiciclos y otros artificios geométricos. Así, a Ptolomeo le hizo falta introducir la excentricidad en su sistema para evitar algunas discrepancias entre lo que su modelo de epiciclos y deferentes preveía y los resultados de la observación de los movimientos reales. Con las excéntricas, la tierra ya no es exactamente el centro geométrico de las órbitas planetarias y pasa a ser un punto imaginario en los alrededores de la Tierra. 

Todavía fue necesario complicar más el sistema: el punto ecuante es diferente para cada uno de los planetas Para algún planeta el punto ecuante recorre un deferente, el centro del cual es la Tierra y todavía se da el caso que el punto ecuante tenga que recorrer un deferente, el centro del cual, por su parte, sea excéntrico respecto de la Tierra. Eso no era suficiente para dar cuenta de los movimientos planetarios observados. Hacía falta otro dispositivo geométrico: el equante. Este artificio del modelo geométrico de Ptolomeo es particularmente interesante, porque las objeciones de carácter estético que Copérnico le hizo fueron uno de los motivos esenciales que le llevaron a rehusar el modelo ptolemaico. El ecuante es el punto respecto del cual la velocidad angular de rotación del deferente del planeta es constante. 

Generación de una órbita elíptica y de otra cuadrada mediante epiciclos   

Con todos los artificios geométricos citados, el problema de intentar explicar el movimiento de los planetas se había convertido en una simple cuestión de disposición de los diferentes elementos que entraban en juego: un juego combinatorio. La pregunta que se planteaban los astrónomos era: ¿qué particular combinación de deferentes, excéntricas, epiciclos y equantes pueden explicar los movimientos planetarios con la mayor sencillez y precisión? Con los artificios geométricos de Ptolomeo, se puede explicar, por ejemplo, una trayectoria elíptica. Y ¡más difícil todavía! ¡Un adecuado sistema de movimientos circulares combinados puede dar lugar a una órbita planetaria cuadrada!! Y en general, cualquier forma geométrica se puede generar a partir del modelo de Ptolomeo. 

Este modelo llegó a preocupar tanto a Alfonso X El Sabio que llegó a decir que si Dios le hubiera preguntado a él a la hora de hacer el Universo le habría recomendado un modelo más sencillo Innovación copernicana El muy afamado y muy erudito Nicolaus Copérnicus, "astrónomo incomparable" fue canónigo de Warmia – provincia gobernada por su tio y tutor el obispo Luís Watzelrode-. Copérnico nació en Torun el año 1473 y murió el 1543, el mismo año que se publicaba su obra más importante. « De revolutionibus orbium coelestiun ». Copérnico hizo personalmente muy pocas observaciones astronómicas. Primero estudió en la Universidad de Cracovia – capital en aquellos tiempos de su patria: Polonia -. Más tarde amplió sus estudios en las universidades italianas de Bolonia y Padua donde tomó contacto con los ambientes renacentistas. Su contacto con los neoplatónicos florentinos es el origen de su concepción heliocéntrica del mundo. 

El sistema copernicano 

Representación heliocéntrica de los planetas conocidos en tiempos de Copérnico, tal como fue expresada en su libro « De revolutionibus orbium coelestium »: I. Esfera inmóvil de las estrellas fijas. II. Saturno hace un giro completo cada 30 años. III. Júpiter cada 12 años. IV. Marte cada 2 años. V La Tierra, junto con la Luna, cada año VI. Venus cada 9 meses. VII. Mercurio cada 80 días. El Sol está, en el modelo de Copérnico, situado en el centro del Universo y de las órbitas de los planetas, la Tierra no es más que uno de ellos.